“Es muy triste que tenga que portarme mal para que mis padres vean que existo”.

Esa es la frase que estaba escrita en un papel, con letra infantil,  que estaba pegado en el corcho del despacho del AMPA de un colegio en el que estuve haciendo terapia a niños y adolescentes. Me quedé impactada porque de la nota parecía brotar toda la tristeza que el niño tenía en ese momento. Se me empañaron los ojos de lágrimas al imaginar cómo se sentía cuando la estaba escribiendo. 

Es así como muchos niños aprenden a comportarse para llamar la atención de los adultos (padres y profesores, sobre todo) y para hacerse visibles. Lo peor de todo es que, a base de repetirse una y otra vez una conducta, el cerebro la integra como una conducta automática y termina formando parte de la personalidad del niño.

El que una conducta se repita o no, va a depender de lo que ocurra a continuación de que se realice. Si después de comportarnos de una determinada forma obtenemos el premio que buscamos, lo más lógico es que cada vez que queramos obtener ese premio nos comportemos de la misma manera. Si el niño ve que portándose mal obtiene más la atención de sus padres que portándose bien, es natural que cada vez que quiera que sus padres le presten atención se porte mal. Los niños que tienen que recurrir a estas estrategias inadecuadas, terminan teniendo una larga lista de conductas que sabe que a sus padres no le gustan y hacen uso de ellas una y otra vez hasta que forman parte de su personalidad. Y así nos encontramos con niños desobedientes, que rompen cosas, que pegan a otros niños, que faltan el respeto, que son miedosos, inseguros, con falta de autoestima, etc. Y todo esto suele ser habitual que lo arrastren cuando son adultos y se vean afectadas sus relaciones con los demás y su propio desarrollo personal y profesional.

Para los niños, el premio que más valoran es la compañía de sus padres, que jueguen con ellos, que les pregunten por sus cosas, que les escuchen con paciencia y con cariño, que les expresen amor y orgullo cuando hacen algo bien. Sin embargo, muchos padres se empeñan en premiar a sus hijos con cosas materiales. Es a través del tipo de premios que se les dé a los niños cuando hacen algo bien, como se les educa en valores. Si al niño se le premia con caricias y con palabras de afecto, se le está inculcando un valor muy diferente que cuando se le premia con algo material. Es fácil deducir la personalidad que tendrá un niño que es educado con valores humanos, que la del niño que se educa en valores materialistas.

Con todo esto, es fácil llegar a la conclusión que, para que los niños aprendan conductas adecuadas hay que premiarles, a ser posible, cuando las están haciendo o lo antes que se pueda. Hay muchas técnicas científicas que los padres pueden aprender para educar a sus hijos en comportamientos adecuados y ayudarles a construir, de esta manera, una personalidad sana que les permita relacionarse bien consigo mismo y con su entorno y ser más felices.

Os deseo mucha Salud, Amor y Felicidad en este nuevo año que acaba de empezar.

G. Vera

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